Y sí, él me dice “te lo tengo que decir porque no aguanto más”. Y yo, comprometida a quedarme callada, además de sospechar su desesperante confieso. Inquietante sus palabras, el rodeo como caballo de carrera, la timidez de un perrito “toy” ante un desconocido, así eran sus palabras y acciones ante mí. Y sí, llegó el momento, “avanza que me desespero” “habla ya”. “OK” “lo que te tengo que decir es que…” “es que, sí siento algo por ella”. Wow, eso pensé. Un “wow” de: ¿again? No way that’s too much. ¿Hasta cuándo tendré que deal with that? Yeah I know Im selfish and I don’t care. “Ajam” “¿y cuál es la novedad?” “¿Fui muy obvio?” Como desesperación psicovaginal corrian las preguntas hacia mí. ¿Qué debo hacer? ¿Cómo debo reaccionar? ¿Qué me recomiendas? La realidad de las contestaciones a esas preguntas es: ¿Qué puñetas sé yo lo que tienes que hacer?, no sé qué hacer con mi vida, te voy a ayudar con la tuya.
Sin embargo la caballerosidad de mi persona me hace contestarle un buen “mira amigo, yo te recomiendo que blah blah blah. Típica contestación de persona acostumbrada a la situación presentada. Que sí, que me harta. ¿Que a lo mejor me tomó en un mal momento? Quizás.
Utilizarte me interesa, “¿Hola, me presentas a tú amiga?” “Claro” “¿Me das toda su información?” “¿A caso tengo cara de representante de la CIA?” “No, claro que no pero es que… “
“Nada, tiene nombre se llama Juana Del Pueblo, llámala y conócela tú mismo, no me interesa, en éste momento servirte de Cupido”
¡A tomar por culo, que estaba bien hasta que hablaste, jue’ puta!
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