
Fría. Mi piel estremecida, con una leve sensación de felicidad y dolor.
Nieve era mi cara, mi cuerpo hielo. Sentía mis dientes agrandados y mis labios carmesí sin labial habían desaparecido. Me temblaban las piernas mientras caminaba sin razón por aquella oscura calle. Los oía, corrían tras de mí, pero mi rapidez los perdía. Su respiración era insoportable y el sonido de su líquido tronaba mis venas y tentaba mi estómago.
Mentalidad diferente, preguntas a mi cambio surgían. Corre, escóndete no veas a la luz.
Ahí lo vi. Blanco perlado, fresco como rocío. El cuello perfecto coqueteaba con mi boca, como interacción sexual me exponía los huesos, pero mi hambre “ja”, mi hambre, de alguna manera tenía que saciarla. Alto, guapo, musculoso, víctima pretenciosa que no esperaba mi interés voraz por su contenido.
Así fue, el primero de muchos que me sirvieron de alimento y placer sexual. No esperé mucho en la vida, sólo placeres nocturnos que me llevaban a la felicidad relativa eterna.
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